La curiosa observación de Engels en cuanto al consumo de carne como explicación científica del desarrollo cerebral parece en nuestros días poco menos que ridícula. Tomada al pie de la letra, pondría en tela de juicio la inteligencia de los vegetarianos. No se hable aquí de los innumerables milenios que toma el ciclo evolutivo para aclarar que la afirmación del viejo maestro marxista se basa en especulaciones de ciencia ficción más que en hechos verificados por la ciencia ciencia. Hasta donde abarca la memoria del hombre, esa antiguedad borrosa que por lo menos legó algunos testimonios orales y escritos, no hay certeza comprobada de que los carnívoros hayan sentado las bases de la democracia o que de su inspirado numen hayan surgido las artes y las ciencias. Pitágoras, uno de los primeros pensadores de la antiguedad griega, era vegetariano. Y lo mismo sus seguidores, que no fueron pocos. De más está explicar por qué Koestler afirma que Pitágoras es piedra fundamental de la ciencia y la filosofía de occidente, y que para semejante logro no haya probado en su vida un gramo de carne roja.Pues bien. La escuela rusa de ajedrez, poblada de carnívoros radicales que leyeron a Engels en la escuela primaria, tienen razones para sonreír y temer tras el desbocado ascenso del húngaro Peter Leko, vegetariano que no solamente sigue una dieta ortodoxa, sino que además predica a los cuatro vientos la generosidad de todo lo que es verde y comestible. Sonreír porque Peter, durante los grandes torneos ajedrecísticos celebrados en Alemania, España y Holanda, no puede comer lo que gentilmente le ofrecen los organizadores del evento de turno, y tiene que salir a la calle en busca de ensaladas, ante la mirada sospechosa de Svidler, Kramnik, Shirov y Topalov. Y temer porque Leko, poniendo en ridículo a Engels, se ha adjudicado sucesivamente los torneos más importantes del mundo entero: Dortmund en 2002, Linares en 2003 y Wijk Aan Zee en 2005. Aparte de estos logros quedará en la memoria de todos el susto que le causó al pobre Kramnik en Brisago, donde casi se adjudica la corona mundial, durante un match que terminó empatado tras catorce partidas. Las cosas están claras en el panorama actual del ajedrez mundial: tras el retiro de Kasparov, los mejores del mundo son Kramnik, Leko y Anand. Siendo el primero el único omnívoro del poderoso triunvirato.
El ajedrez es ante todo un arte. En él se combinan la imaginación y la inteligencia. Una partida puede ser tan hermosa como un poema y una jugada tan maravillosa como un verso excepcional. Hay partidas larguísimas, complejas, planificadas rigurosamente en cada fase; partidas que son como novelas. Y hay partidas breves como cuentos, y brevísimas como epigramas o dísticos. Por esta amalgama armoniosa de inteligencia y creatividad, yo admiro más al jugador de ajedrez que al mismísimo bardo. Y en el terreno poético de los escaques, se alza un nuevo genio, ascético y disciplinado, que básicamente se alimenta con garbanzos, lechugas, pepinos, éter y meditación mañanera: el gran Peter Leko. Es la admirable disciplina Pitagórica lo que lo ha elevado al sitial que hoy ocupa y la que ha modelado su estilo. El mismo es descrito de manera inmejorable por quienes lo cuestionan: “Leko, el maestro de los empates, posee un juego defensivo, casi nunca se permite un riesgo; se trata de un jugador aburrido, sin fantasía, sin capacidad de asombro”. Una pena que estos clarividentes no sepan hallarle la belleza a un empate. Una pena que permanezcan en la edad de la inocencia y defiendan a capa y espada el romanticismo que le hace perder tantas partidas a Alexander Morozevich. No entienden que Leko es ante todo un atleta forjado al estilo griego. Lo suyo es escalar cumbres, no hacer piruetas en el aire. Muchos ajedrecistas de calibre han afirmado que Leko es el rival más difícil, que es casi imposible ganarle. Y ¡ay¡ de aquel desafortunado que le dé micrométrica ventaja; destinado está a perder, porque Leko no perdona. El ajedrez agónico, el que sacrifica piezas en nombre de la belleza y se entrega dignamente a una derrota relampagueante o a un triunfo histórico y memorable, no le viene bien a Peter, que despierta religiosamente a las cuatro de la mañana, medita y se relaja con la seriedad y parsimonia de un monje budista, se levanta y toma un desayuno espartano, y luego se dedica por horas a explorar cada rincón del tablero en busca de fórmulas eficaces, innovaciones letales, que lo lleven a obtener la corona mundial antes de cumplir los 30.
Por lo pronto, el objetivo de Leko para el año 2005 ya ha sido cumplido: ganar Wijk Aan Zee, derrotando incluso a Anand y dejando atrás a Topalov y a Kramnik. Su puntaje fue más que impresionante: 4 victorias, 8 empates, ni una sola derrota. El maestro de las tablas salió a demoler pacientemente a sus rivales de turno (quedará para el recuerdo la brevísima lección impartida al malcriado Bruzón, verdugo de Short), silenciando a todos sus críticos al cierre del torneo. A partir de ahora, cualquier torneo que no tenga a Leko entre sus participantes, será casi un torneo de segunda. Como el torneo de Mtel, a celebrarse en Sofía el mes que viene. De allí saldrá un vencedor carnívoro, coronado de salchichas en lugar de laureles, si es que Anand no lo impide. Otro hubiera sido el cantar si asomaba las narices el otro maestro vegetariano: el gran Peter Leko.
(Foto: Peter Leko, por Chessbase)
No comments:
Post a Comment