Thursday, October 16, 2008

Justine Henin, la bala

“Ayer otra vez la vimos a Justine levantar una copa. Pero lo más atrayente de ella no es que gane sino su mirada y su cuerpo. Mira oscuro, frontal y firme. Mide menos de 1,70 y pesa por debajo de 60, eso en el circuito le da la heroicidad de David ante el gigante”. De esta manera ha descrito el filósofo argentino Tomás Abraham a quien debe ser la mejor tenista del mundo desde que Steffi Graf decidiese ser madre. Nosotros, desde este humilde rincón, vamos a plantear nuestra pequeña variante.

Justine Henin es en realidad un interludio. Una pausa. Un momento de gloria en que la velocidad, el vértigo, la elegancia y la finura detienen el avance inexorable de la fuerza bruta. La fuerza bruta está encarnada en Serena Williams, hija de una era muscular cuya obra maestra y siniestra es nada más y nada menos que “butifarra” Nadal.

Hace más o menos dos lustros, cuando Steffi Graf abandonara el tenis para dedicarse al amor, hubo un período extraño. Un período casi decadente donde se le rendía tributo solamente a la belleza. Tal período puede quedar reducido en un nombre: Martina Hingis, la hermosa jugadora checa cuyo talento extraordinario iba acompañado de un defecto que en realidad es virtud: la debilidad. Su gracia, su fragilidad natural, su aspecto en que sospechosamente se mezclaban la deportista ejemplar y la modelo o la actriz, son cualidades que subyugan al espectador masculino, pero que conspiran contra un reinado sólido y duradero. A los predios de Martina llegaron las hermanas Williams con hambre; y bastaron dos años de presión para que la checa, aterrorizada por los gestos combinados de aquellas dos fieras, se alejara para siempre del circuito y buscara un cómodo asilo en territorio neutral: la Suiza de Roger.

Fue de esta manera que a la armonía, al equilibrio, a la musicalidad del tenis que los aristócratas ingleses premiaban con entusiasmo en Wimbledon, les sustituyó la rabia, el gruñido, el empuje animal que no solamente se contenta con la victoria, sino que a la misma tiene que agregarle el condimento de la humillación.

Este hecho formidable tuvo su lado positivo. Fue muy lindo observar al papá de las señoritas Williams, miembro de una minoría racial discriminada cruelmente en su país de origen y posiblemente en Inglaterra, adueñarse con revoltosa alegría de las tribunas racistas de Wimbledon. A los hipócritas que organizan anualmente aquel magno evento, cuánto debe haberles costado entregar la copa y los millones de libras esterlinas a una atleta negra. O lo que es más cruel: a dos. Y eran ciertamente dos atletas formidables las hermanas Williams, aunque es de justicia señalar que solamente Venus poseía parcialmente eso que en abstracto queremos llamar “arte”.

Todo lo que sube, sin embargo, baja. Y todo aquello que principia tiene su inevitable final. El reinado de las Williams parecía eterno. Hasta que llegó Justine Henin. A lo que afirma Abraham hay que agregar algo. La Henin tiene una mirada de mujer fría y apática. Toda ella parece construída con acero. La emoción que no comunica su rostro, la expresa el movimiento de su cuerpo. Henin es una bala, un prodigio de ubicuidad y movimiento. Sus rivales se desesperan porque pongan donde pongan la bola, la Henin, como por acto de magia, la alcanza. La fuerza vence siempre en el cuerpo a cuerpo. Pero en el tenis media la malla. Esa distancia es territorio de magia donde David puede ser más que Goliat. Nunca se ha visto a Serena Williams sudar tanto, correr pesadamente a los extremos de la cancha para golpear al aire, lanzar gritos de frustración ante la derrota inevitable. En el abierto de los Estados Unidos del año 2007, la Henin derrotó limpiamente a las dos hermanas Williams y se convirtió de inmediato en la mejor jugadora del mundo. La era de la fuerza había acabado.

Sin embargo, habíamos dicho que la Henin era tan sólo una pausa. Y sí. Porque después de aquellos triunfos históricos decidió retirarse. En su breve carrera, sin embargo, ha dejado una lección imborrable: la debilidad suele ser aparente. Aprovechando su ausencia, las hermanas Williams han vuelto a dominar el circuito del tenis internacional, pero sin la seguridad, sin la fuerza, sin el ánimo de antaño. Su reinado es frágil y esporádico; porque esta vez a la fuerza la acechan los vigorosos fantasmas de la belleza y la gracia.

Dueña de la agilidad de la Henin, poseedora de una belleza equiparable a la de Daniela Hantuchova, enérgica y eficaz como la Graff de los primeros tiempos, se consolida poco a poco la María Sharapova. Si esa pasión femenina, ese enardecimiento del espíritu y esa calentura del cuerpo no la traicionaran, María ya sería en este instante la mejor tenista del mundo… y también la más bella. Pero María, señores, es tema de otro artículo.

(Foto: Justine Henin, por Apen.be, from Flickr)

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