
En el año 2000, Marat Safin logró en el abierto de los Estados Unidos lo que muchos consideraban imposible: desmantelar a Pete Sampras. El marcador fue contudente: 3 sets a 0. El mismo Sampras, que cuenta ésta entre sus más dolorosas derrotas, hizo un pronóstico redentor que en cierto modo lo eximió de la derrota: “Safin tiene un estilo demoledor y perfecto, no dudo que reinará en el circuito internacional del tenis por muchos años tras mi retiro”.Tal pronóstico, sin embargo, contó luego como breve maldición. Sampras no contaba con un elemento esencial: Safin era joven, vivía esa edad en que uno se consolida o se pierde. Y puesto que la naturaleza le había dotado no solamente de talento, sino además de belleza física y una energía sensual infinita, la tentación no tardó en menguar su meteórica carrera. Entre la dureza, el rigor y la austeridad de los entrenamientos físicos –tormentos a los cuales se entregaron sin mayor dificultad los grandes feos del tenis: Vilas, Bjork, McEnroe, Becker, Lendl y Sampras- y la destellante magia de las discotecas recién entrenadas en el Moscú putiniano, Safín, el hermoso, no dudó un instante en elegir la segunda opción. A las fiestas le siguieron las orgías, y hay testigos que afirman que el departamento de Safin, en medio de su alegre desconsuelo, parecía set de película porno.
Las consecuencias no se hicieron esperar. Después de aquella victoria deslumbrante sobre Sampras, Safin no conoció el triunfo por años; y no había experto que en su balance anual no se hiciese la pregunta de rigor: ¿Resucitará algún día Safin? A los optimistas no les faltaba fuerza argumental: los años traen consigo madurez, las locuras de la juventud acaban por lo general en tedio; Safin, el caníbal cansado, volvería al redil de los chicos displinados y conquistaría, al fin, Wimbledon. Los pesimistas sonreían a la distancia por otro motivo simple. Los años hacían de Safin una bestia más hermosa y atractiva. Se hizo crecer la barba, adoptó un aire bohemio, y aunque no llegó al extremo de aquel iluso Tipsarevic que se tatuó frases de Dostoievski en un brazo, sí que parecía artista. La belleza es un peligro. Suele cercenar el talento más legítimo, reemplazar por ilusiones de fama la gloria verdadera del logro bien conseguido. En el caso de Safin no había melancolía ni vacío –cosas que lo habrían convertido en un tenista maldito- sino solamente ocio, tiempo perdido y un montón inconcebible de lascivia.
No vale la pena señalar los hitos de su vida amorosa, porque no tuvo ninguna. Todos sus amores fueron en cierto grado equivalentes. Mencionar nombres no sirve, porque en su caso, más vale mencionar decenas, aludir a generalidades, hablar verdaderamente en plural: Safin se tiró a todo el gremio. Mientras Federer conquistaba el mundo, mientras Roddick se esforzaba por ser el mejor número dos de la historia, mientras Nadal bebía leche pura de vaca y tragaba solamente morcilla para dar forma extraviada y estrafalaria a los músculos que hoy tiene, Safin descansaba cual fauno en su lecho moscovita… ¿con qué nayade? ¿Martina Hingis ayer? ¿María Kirilenko mañana? ¿Qué modelo para este fin de semana?
Y luego nuevamente el cansancio. Los yates, las playas de Mónaco, las celebraciones de un placer desgraciadamente efímero, cuando se convierten en rutina también muestran su vacío. Entonces Safin despertaba y llamaba a su entrenador clamando a lágrima viva: “Las cosas van a cambiar, voy a ser campeón de nuevo, nos espera Australia”. Tres meses de frenético entrenamiento y Marat –qué nombre le clavó su republicano padre- ya estaba en Sydney, listo para el abierto del año 2005. Raquetazos van, raquetazos vienen; emociones se concentran; llegan las semifinales y al desgraciado Safin le ha tocado el más letal de los rivales: el gran, el magnífico, el incomparable Roger. Pero en cinco sets de dramático empuje, Marat se impone y dos días después, a costa de Lleyton Hewitt, alza la copa del triunfo por segunda vez en su vida.
¿Había resucitado el ídolo? ¡Sí!, gritaron al unísono en Rusia. “No”, respondieron con tranquilidad en Suiza. Se había consolidado solamente el patrón. En la vida de Marat, a tres años de juerga le sigue uno de sacrificio y heroísmo: está condenado a ganar un Grand Slam cada lustro. Su vida es un vaivén que transcurre alternativamente entre una cancha de tenis y una pista disco. “The partygoer” le llaman en los Estados Unidos, pero el apodo es injusto. Safin no ha nacido en América. No le rinde a la competencia el culto desmesurado que le profesan la mayoría de sus colegas. Nunco estuvo entre sus objetivos quebrar récords. Héroe sensual, casi pagano, vive todavía para la noche; pero cuando la misma lo cansa, vuelve al ruedo como Aquiles. Sus victorias, poquísimas si consideramos su talento, superan, sin embargo, a aquellos triunfos rutinarios que otros grandes acumulan hasta el tedio. Tras su retiro, lo recordaran sus amantes; y aquella pequeña minoría que prefiere la llamarada efímera al fuego moderado y permanente.
(Foto: Safin, por Beck26-Flickr)
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